
El presidente Rajoy ha dicho al respecto: “Sí me preocupa. Tienen derecho a
convocarla. Yo no puedo compartir, creo que eso no ayuda en nada a
España. No ayuda a resolver los problemas económicos, que es lo que
está intentando hacer el Gobierno con sus decisiones. No ayuda para
nada a la imagen de España. Creo que de lo que se trata ahora es de
que todos vayamos juntos para conseguir un objetivo que es la
recuperación de la economía. Sería la segunda huelga este año, la
segunda huelga que se le hace a un gobierno que todavía no lleva de
un año. Y por tanto no la puedo compartir, y no creo que sirve para
resolver los problemas de los ciudadanos. Francamente creo que no
sirve”
El contenido de esas frases de Rajoy tienen muchos hilos en común con conceptos fascistas, especialmente dos; considerar que todos los españoles tenemos unos intereses comunes ("Ahora se trata de ir todos juntos para conseguir la recuperación de la economía" y que la lucha obrera daña a España ("No ayuda para nada a la imagen de España").
Estas
afirmaciones que en octubre de 2012 hace Rajoy me recordaron
automáticamente al discurso que en junio de 1936 realizaba José
Calvo-Sotelo en el Congreso:El contenido de esas frases de Rajoy tienen muchos hilos en común con conceptos fascistas, especialmente dos; considerar que todos los españoles tenemos unos intereses comunes ("Ahora se trata de ir todos juntos para conseguir la recuperación de la economía" y que la lucha obrera daña a España ("No ayuda para nada a la imagen de España").
“Frente
a ese Estado estéril, yo levanto el concepto del Estado integrador,
que administre la justicia económica y que pueda decir con plena
autoridad: no más huelgas, no más lock-outs, no más intereses
usurarios, no más fórmulas financieras de capitalismo abusivo, no
más salarios de hambre, no más salarios políticos no ganados con
un rendimiento afortunado, no más libertad anárquica, no más
destrucción criminal contra la producción, que
la producción nacional está por encima de todas las clases, de
todos los partidos y de todos los intereses.
A
este Estado le llaman muchos Estado fascista; pues si ese es el
Estado fascista, yo, que participo de la idea de ese Estado, yo, que
creo en él, me declaro fascista. (...)
España
padece el fetichismo de la turbamulta, que no es el pueblo, sino que
es la contrafigura caricaturesca del pueblo. Son muchos los que con
énfasis salen por ahí gritando: «¡Somos los más!» Grito de
tribu—pienso yo--; porque el de la civilización sólo daría
derecho al énfasis cuando se pudiera gritar: «¡Somos los
mejores!», y los mejores casi siempre son los menos. La turbamulta
impera en la vida española (...)
¿Qué
es la turbamulta? (…)
la ley de la turbamulta es la ley de la minoría disfrazada con el
ademán soez y vociferante, y eso es lo que está imperando ahora en
España; toda la vida española en estas últimas semanas es un
pugilato constante entre la horda y el individuo, entre la cantidad
y la calidad, entre la apetencia material y los resortes
espirituales, entre la avalancha brutal del número y el impulso
selecto de la personificación jerárquica, sea cual fuere la virtud,
la herencia, la propiedad, el trabajo, el mando; lo que fuere; la
horda contra el individuo.”
Es
sorprendente (o tal vez no) el parecido que tiene las expresiones del
fascista monárquico de 1936 (“que
la producción nacional está por encima de todas las clases, de
todos los partidos y de todos los intereses”)
y la frase pronunciada por el líder del PP en 2012 (
“Ahora
se trata de ir todos juntos para conseguir la recuperación de la
economía”)
La
oposición a las huelgas es mutua en ambos líderes del “¡No
más huelgas!”
dice Calvo-Sotelo al “No
la puedo compartir
(…) francamente
creo que no sirve”
del más moderado y demócrata formal Rajoy.
Sorprendente es cómo Calvo-Sotelo adelanta, hace más de tres cuartos de siglo, algunas de las ideas expresadas por Rajoy hace unas semanas: Rajoy decía a raíz de las protestas ciudadanas del 25-S: “Permítanme que yo haga aquí, en Nueva York, un reconocimiento a la mayoría de los españoles que no se manifiesta, que no salen en las portadas de la prensa y que no abre los telediarios. No se les ve, pero son la inmensa mayoría de los españoles.” . Por su lado el diputado fascista monárquico expresaba: “España padece el fetichismo de la turbamulta, que no es el pueblo, sino que es la contrafigura caricaturesca del pueblo. Son muchos los que con énfasis salen por ahí gritando: «¡Somos los más!» Grito de tribu—pienso yo--; porque el de la civilización sólo daría derecho al énfasis cuando se pudiera gritar: «¡Somos los mejores!», y los mejores casi siempre son los menos. La turbamulta impera en la vida española (...)
¿Qué
es la turbamulta? (…)
la ley de la turbamulta es
la ley de la minoría disfrazada con el ademán soez y vociferante,
y eso es lo que está imperando ahora en España”.
Además
en esta misma frase, con tres cuartos de siglo de edad, aparece una
concepción que hoy se repite también; la concepción paternalista
del ““¡Somos
los mejores!”, y los mejores casi siempre son los menos”
vinculando estas ideas a la civilización y contraponiéndolo a la
mayoría. Es una visión aristocrática, dónde una minoría sabe lo
que hay que hacer aunque la mayoría no lo comprendamos y nos
opongamos, y en ese caso -para nuestro bien- hay que imponernoslo, ya
que no sabemos lo que nos conviene. Esa imposición que Calvo-Sotelo
pedía al final de ese discurso en las Cortes explica los más de
140.000 asesinados por el fascismo en España.
Pero
ese mismo discurso y práctica existe hoy en España; una minoría de
políticos y economistas neoliberales “saben lo que tienen que
hacer” sin pedir opinión a la ciudadanía; y cuando esta responde
(estudiantes del IES Luis Vives, los mineros, el SAT y su “Marcha
Obrera”, el 25S...) hay que imponerlo por la fuerza.
Demasiados
parecidos en los discursos de la derecha de dos momentos distintos y tan lejanos.
También publicado en larepublica.es
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